Una espada contra la exclusión

Asociación por la sonrisa de un niño y Academia de Esgrima y Justicia Restaurativa de Senegal

Senegal, como muchos países del África occidental, enfrenta un desafío crónico con infancia que malvive en la calle y la reincidencia de delitos juveniles. La falta de oportunidades, los conflictos familiares y la pobreza sacan cada año a miles de niñas y niños fuera del sistema escolar y, a veces, los empujan hacia pequeños hurtos. En ese contexto,  de la mano de la ‘Association pour le Sourire d’un Enfant’ (Asociación por la sonrisa de un niño) y la ‘Académie d’Escrime et Justice Réparatrice’ (Academia de Esgrima y Justicia Reparativa) en 2012, nació un proyecto insólito: enseñar esgrima a niñas/os y adolescentes marginadas/os como vía de reinserción social. 

En Thiès, a unos 70 kilómetros de la capital Dakar, en el centro de acogida de la ‘Association pour le Sourire d’un Enfant’ (ASE) han abierto un club deportivo poco convencional: adolescentes en pantalones blancos y chaquetas prestadas aprenden a saludar con la espada antes de enfrentarse, y el sonido metálico de las hojas cruzándose rompe el silencio. La esgrima no es solo un deporte, es una herramienta de inclusión y disciplina.
 

La idea surgió de Nelly Robin, investigadora francesa y coordinadora de proyectos sociales en la región, junto a la ASE. Inspirada por los principios de la justicia restaurativa —centrada en reparar el daño y restaurar vínculos en lugar de castigar—, propuso combinar ese enfoque con un deporte que exige respeto, autocontrol y observancia de reglas: la esgrima.

“Cuando un/a joven se enfrenta en la pista, aprende que no puede golpear sin antes saludar; aprende a esperar su turno, a aceptar la derrota y a controlar su impulso”, explica Robin en una entrevista recogida por The Guardian. “La esgrima se convierte en una metáfora de la convivencia. Los duelos son simbólicos, implican reconocer al otro como adversario, no como enemigo y en cada combate hay una mediación implícita: respeto, límite y reparación”. Esa lógica se traduce fuera del tatami, en la vida cotidiana de las/os jóvenes.
 

El programa comenzó con un pequeño grupo de instructoras/es y un puñado de espadas donadas. Con el tiempo, creció hasta convertirse en un modelo formativo replicable. A día de hoy, alrededor de un millar de jóvenes ha participado en la iniciativa, incluyendo algunas/os que cumplen medidas judiciales en centros de menores o prisiones. 

El curso consta de unas 60 lecciones progresivas. Cada una de ellas aborda no solo aspectos técnicos —posición, ataque, defensa, arbitraje— sino también valores: respeto, disciplina, empatía, resolución de conflictos. En paralelo, las y los participantes asisten a clases de alfabetización, talleres artísticos, orientación profesional y sesiones de apoyo psicológico.
 

El deporte actúa como el eje que da estructura al resto. “Muchas y muchos de los chicos llegan con una historia de violencia. Aquí descubren otra manera de canalizar su energía”, comenta un instructor local. “En la pista todos son iguales: nadie tiene más poder que el otro, solo habilidad y concentración”.

Lo innovador del modelo no es solo el deporte, sino su entrelazamiento con la justicia restaurativa. Cada sesión incluye momentos de diálogo y reflexión colectiva sobre la convivencia, las reglas y la responsabilidad personal. En los centros penitenciarios donde se ha implementado, las autoridades reportan una mejora notable en la disciplina interna y una reducción de los conflictos.

Asimismo, los resultados incluyen reducción drástica de la reincidencia, mayor autocontrol, y mejoras en la convivencia en los centros. Un informe del ‘Paris Peace Forum’ destaca que “ninguno de los 600 menores que participaron volvió a delinquir”, y que muchos regresaron a la escuela o iniciaron actividades profesionales.

El éxito de la iniciativa senegalesa ha despertado interés internacional. Equipos de trabajo en Costa de Marfil, Marruecos y Ruanda han solicitado formación para adaptar el modelo. La academia se ha convertido en un espacio de capacitación para instructoras/es sociales y educadoras/es deportivas/os africanas/os, combinando la pedagogía de la esgrima con el enfoque restaurativo.
 

 

El programa se inscribe en una tendencia global que reconoce el deporte como herramienta de inclusión y resiliencia. Naciones Unidas y el Comité Olímpico Internacional han promovido programas similares en distintas disciplinas —fútbol, boxeo, atletismo— para jóvenes en riesgo. Sin embargo, la elección de la esgrima tiene un simbolismo especial: un deporte tradicionalmente elitista que, en Thiès, se convierte en vehículo de igualdad. Pero no todo ha sido sencillo.

El proyecto depende en gran medida de la financiación de donantes internacionales y de la formación continua de instructoras/es locales. Conseguir material —caretas, chaquetas, floretes— supone un reto logístico constante. Además, mantener el seguimiento de las/os jóvenes tras su salida de los centros requiere recursos y coordinación.