El deporte frente al clima

En los estadios llenos, en las retransmisiones millonarias y en la épica de las grandes competiciones hay un aspecto al que hasta ahora nadie ha prestado mucha atención: el impacto climático del deporte.

El deporte se ha centrado históricamente en el espectáculo y el crecimiento. Hoy se enfrenta a un reto estructural ignorado hasta ahora: su impacto climático. Lo que antes era un asunto anecdótico se ha convertido en una cuestión de credibilidad y sostenibilidad. Impulsado por el programa de la ONU ‘Sports for Climate Action’, el sector ha comenzado a asumir compromisos medibles para reducir su huella ambiental, aunque el camino está lleno de tensiones entre negocio y responsabilidad. En este nuevo escenario, el deporte no solo debe transformarse internamente, sino también aprovechar su enorme capacidad de influencia para acelerar la acción climática a escala global. 

En los estadios llenos, en las retransmisiones millonarias y en la épica de las grandes competiciones, hay un aspecto al que hasta ahora nadie ha prestado mucha atención: el impacto climático del deporte. Viajes internacionales, infraestructuras gigantescas, consumo energético masivo... ‘Sports for Climate Action’, impulsado por Naciones Unidas, ha introducido algo que el deporte rara vez acepta sin resistencia: reglas. No sobre el juego, sino sobre su huella en el planeta.

Durante mucho tiempo, clubes y organizaciones deportivas se han movido en el terreno cómodo de la sostenibilidad simbólica: campañas, mensajes, gestos aislados. Ahora, la ONU rompe esa dinámica. Obliga a medir, a reportar y, sobre todo, a reducir emisiones de forma verificable. Ya no basta con parecer sostenible. Hay que demostrarlo.

Algunas de las principales organizaciones deportivas del mundo —federaciones internacionales, ligas profesionales, comités olímpicos— han firmado estos compromisos. Sobre el papel, el cambio es profundo: reducción de emisiones, transición energética, revisión de cadenas de suministro, presión sobre patrocinadores... Pero el verdadero cambio empieza a verse en decisiones concretas, muchas veces invisibles para las/os espectadoras/es

Grandes eventos deportivos empiezan a ser también laboratorios climáticos. Por ejemplo Los JJOO de París plantearon un modelo radicalmente distinto: el 95% de sedes utilizadas ya existían o eran temporales, redujeron las emisiones hasta un 50% respecto a ediciones anteriores e integraron el transporte público como eje central. El mensaje era claro: menos construcción, más eficiencia. Y la Federación Internacional de Esquí ha desarrollado herramientas para calcular la huella de carbono de sus competiciones, algo clave en un deporte directamente afectado por el cambio climático. 
 

Algunos clubes también están dando ejemplo y han empezado a operar como verdaderos agentes de transición. Porque más allá de las grandes estructuras, el efecto se extiende a la base. Desde clubes locales que instalan paneles solares hasta eventos deportivos que eliminan plásticos o fomentan el transporte compartido. La lógica es simple: lo que funciona en un estadio de élite puede replicarse, adaptado, en cualquier comunidad. 

El ‘Forest Green Rovers’ inglés ha llevado el concepto al extremo con energía 100% renovable, alimentación vegana en el estadio o un proyecto para una nueva instalación construida en madera. El Betis ha impulsado la plataforma ‘Forever Green’, con reducción y compensación de emisiones, campañas con aficionadas/os y alianzas con empresas sostenibles. Son solo dos ejemplos de hacia dónde se mueve el sector. 

Pero si hay un área donde el deporte encuentra más dificultades es el transporte. Muchas competiciones intercontinentales implican vuelos constantes y giras diseñadas con criterios comerciales. Por eso, algunas ligas y federaciones están empezando a agrupar partidos por regiones, optimizar sus calendarios e introducir criterios climáticos en la planificación. Sin embargo, el problema de fondo persiste: la globalización del deporte es, en sí misma, intensiva en carbono.

La gran pregunta es ¿puede el deporte seguir creciendo sin aumentar su impacto? Algunas entidades han empezado a revisar desplazamientos innecesarios, apostar por sedes más sostenibles, incorporar criterios climáticos en contratos y patrocinios. El COI, por ejemplo, ha asumido compromisos de neutralidad climática para 2030. Otras, sin embargo, avanzan más lentamente, atrapadas entre la comodidad y la lógica del negocio.

El valor diferencial del deporte está su capacidad de movilizar grandes audiencias de una forma emocional. Campañas en estadios promoviendo transporte público o reciclaje, atletas que integran mensajes climáticos en competiciones de máxima audiencia o clubes que convierten a sus aficiones en comunidades activas en sostenibilidad pueden puede tener más impacto que cualquier mensaje institucional. Por eso, el programa de la ONU no se limita a la descarbonización. Apunta a algo más ambicioso: convertir el deporte en altavoz de la acción climática.

El proceso está en marcha, hay avances reales y también compromisos firmados que realmente no se traducen en cambios profundos. Lo que está en juego es un cambio de mentalidad. El deporte, tradicionalmente centrado en resultados y espectáculo, empieza a incorporar nuevas métricas: cuánto contamina, qué impacto tiene en su entorno o cómo influye en los hábitos de millones de personas.

Muchas iniciativas están demostrando que la sostenibilidad no es un coste, sino una inversión estratégica. Reducir el consumo energético implica ahorro directo; facilitar el transporte público mejora la experiencia de la afición y reduce la congestión; eliminar plásticos o apostar por proveedores locales refuerza la identidad del club y su vínculo con la comunidad. A ello se suma un factor cada vez más determinante: patrocinadores e inversores exigen compromisos ambientales verificables, y las nuevas generaciones de aficionadas/os valoran —y penalizan— el comportamiento de las entidades a las que siguen.