
El deporte se inicia como ocio y se transforma en una pasión, con objetivos y deseos de ser la o el mejor. En ese momento se convierte en una forma de vida. Todo gira en torno a unas rutinas, unos hábitos y un día a día. La vida está estructurada por competiciones, concentraciones y entrenamientos.
Para llegar al alto nivel se ha necesitado una inversión y dedicación de 10.000 horas o 10 años de práctica. Esto va a suceder en una etapa vital donde la persona se encuentra entre los 16 y los 26 años, que es cuando la población general busca su vocación e invierte en la profesión futura. Así que tendremos deportistas que, a los 30 o 35 años, cuando las/os demás empiezan a encontrar su lugar en la vida y a tener un cierto reconocimiento laboral o profesional, deciden o deciden por ellos que hay que retirarse.
Llega el día en el que hay que tomar una decisión con miedo, incertidumbre, ilusión, oportunidad, tristeza, vacío, angustia y mil emociones más asociadas a ese momento. La o el deportista decide retirarse, afrontar el cambio, crear nuevas rutinas, nuevas relaciones, reconstruir su vida, que es tanto como reinventarse. Iniciar de nuevo su camino hacia la búsqueda de su lugar, lo que requiere presumiblemente una inversión de unos 10 años más para sentirse competente e identificada/o en su nueva faceta.
Los motivos de la retirada van a jugar un papel primordial. Las lesiones, la falta de compatibilidad con los estudios o el mundo laboral, el bajo rendimiento, la falta de motivación o de placer son algunos de los motivos más comunes. Y pueden derivar en factores que faciliten o dificulten la adaptación. Una retirada voluntaria es mejor que una involuntaria. Una planificada es mejor que una no planificada. De la misma forma, una identidad basada solo en el aspecto deportivo (unidimensional), donde la o el deportista se identifica solo con su vida deportiva, plantea situaciones de alta dependencia que pueden complicar la adaptación a la vida fuera del él.
Hay que reinventarse sin dejar de ser aquello que ya se es, transformando lo que se ha aprendido, lo que se lleva en la mochila para crear un nuevo camino.
En ocasiones, cuando se ha tenido una vida deportiva mediática la promesa de un puesto de trabajo o de ayudas una vez se finalice la carrera se presenta como un futuro fácil y lleno de oportunidades que, en muchas ocasiones, desaparecen en el momento que esa relevancia mediática pierde valor de mercado.
Desde mi punto de vista, uno de los grandes errores que se puede cometer en este momento es evitar la planificación o la preparación del final de la carrera, porque aleja de una de las claves para la adaptación a la vida después del deporte: cambiar la perspectiva orientada al problema hacia una perspectiva orientada al proceso. Ser capaces de transformar la visión de la retirada desde la situación en la que se encuentran, al inicio de un proceso de transición que cada deportista vivirá y afrontará según su percepción y acompañada/o por el apoyo de la familia, las amistades y, como no, del entorno deportivo.
En este viaje de adaptación, que suele durar dos años, es interesante considerar la retirada como un proceso transitorio en el que las instituciones deportivas faciliten un acompañamiento profesional, para poder vivir esta transición de la inestabilidad al equilibrio, y para tener puntos de apoyo en los momentos de crisis que puedan venir y se pueda reducir su duración e intensidad.
Es por todo esto que preparar el final de carrera deportiva desde la perspectiva del proceso, qué se quiere, qué se necesita y cómo se va a preparar, se convierte en una de las mejores herramientas posibles para afrontar la vida después del deporte.
Finalmente, hay que aceptar que el gran cambio, la pérdida del antiguo yo deportivo con todo lo que lleva aparejado, sucederá. Que hay que reinventarse y transformarse desde la perspectiva del proceso, del crecimiento personal y de nuevos significados. ¿Y, por qué no? Esto se puede hacer dentro del deporte.
Susana Regüela, psicóloga
CAR Sant Cugat
